jueves, 25 de agosto de 2016

EL MOVIMIENTO OBRERO CUBANO Y LOS INMIGRANTES ANTILLANOS

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Cuando en 1902 se declaró por los norteamericanos la escamoteada independencia de Cuba, tras su ocupación militar de la isla en 1898, se había realizado ya todo un proceso por las  transnacionales azucareras norteamericanas de la adquisición de grandes territorios a bajísimos precios, o aplicando el desalojo, en especial en la parte oriental de la isla, donde era escasa la población.

Los Estados Unidos realizaron fuertes inversiones en la industria azucarera, en especial en la parte oriental del país, y sobre bases más ventajosas que las del siglo XIX, le abrieron sus mercados y originaron un acelerado desarrollo a este sector económico.

Los productores norteamericanos de azúcar y otros del patio presionaron a los gobiernos de turno para conseguir mano de obra barata y para ello acudieron a las islas cercanas de Haití y Jamaica, para reclutar desocupados a muy bajos salarios.

Un grupo de hacendados, incluso, organizó en 1911 la “Asociación de Fomento de la Inmigración”, cuyo objetivo principal era la importación de braceros haitianos y jamaicanos, a partir de 1912.
El presidente José Miguel Gómez (1909-1913) concedió a la compañía Nipe Bay Company el permiso de importar 1 000 braceros antillanos para el central Preston, en la provincia Santiago de Cuba. Así consta en el Decreto Presidencial número 23, del 14 de enero del 1913.

Con un  Decreto, de 23 de octubre de 1913, se autoriza la libre entrada de los braceros que habían trabajado en las recién terminadas obras del Canal de Panamá.
Los braceros fueron engañados con la promesa de que en Cuba se les pagaría a razón de un peso por cada cien arrobas de caña cortada y alzada.
Fueron reclutados, esencialmente, en la zona sudoccidental de Haití (Jeremie, Ocay, etcétera). Fueron entrados por los puertos de Santiago de Cuba, Banes, Nuevitas y otros puntos, y desplazados en ferrocarril y otros medios de transporte hacia el interior del país.
Creció considerablemente la inmigración de braceros como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, cuando Cuba se convirtió en el principal productor de azúcar para los países aliados y aumentó la demanda de mano de obra barata. El presidente Mario García Menocal aprobó el 3 de agosto de 1917 una nueva ley de inmigración para satisfacer esta situación.

La ocupación militar norteamericana de Haití entre 1915 y 1934 alentó esta inmigración de braceros hacia Cuba.
El haitiano se mantenía en constante movimiento migratorio desde las distintas zonas de los centrales hacia las mayores zonas cafetaleras de las provincias orientales en el llamado tiempo muerto.
Pero, al concluir la Primera Guerra Mundial, la cotización del azúcar en el mercado mundial subió en forma dramática una vez que se suprimió el control sobre su precio, dando lugar a un período de crecimiento exagerado de la producción azucarera, acompañado por especulaciones en todos los ramos.
Entonces, el número de inmigrantes creció: de 80,488 en 1919 a 174,221 en 1920,  de los cuales el 54% provenía de España, 21 % de Haití, 16% de Jamaica, y un 5% de China.

La actitud de los braceros haitianos presentó, en un principio, una cierta marginación respecto a las luchas obreras cubanas, originado, entre otros factores, por el régimen de trabajo bajo el cual habían sido contratados y el nivel de aislamiento que le provocaban el no dominio del idioma español.
Pero los trabajadores antillanos comenzaron a tomar conciencia progresivamente del tipo de explotación a que eran sometidos, iniciaron su integración en las organizaciones sindicales y terminaron vinculándose a las luchas de la clase obrera cubana para mostrar su descontento. Por eso, no fue extraño que el presidente Mario Menocal decretara en 1919 la expulsión de dirigentes sindicales de los haitianos.
Como mismo subió, el precio del azúcar empezó a caer a partir de la zafra de 1920. Ello trajo aparejado que se empezara a aplicar otra política  del gobierno de turno respecto a los inmigrantes.
En la medida en que se acercó la etapa de crisis económica mundial, los inmigrantes antillanos fueron rechazados por la oficialidad de turno.
En 1921 el presidente Alfredo Zayas firmó el Decreto 1404, con fecha 20 de junio, mediante el cual se exigía el reembarque inmediato de los braceros antillanos a sus respectivos países.
Los politiqueros tradicionales se plantearon en distintos momentos la repatriación de los trabajadores antillanos.
Al Congreso de la república fueron presentados diversos proyectos de leyes contra la inmigración, con el fin de limitarla o suspenderla. En ese año 1921 se debatió un proyecto de ley presentado por Cosme de la Torriente, que autorizaba al Ejecutivo a repatriar obreros antillanos. Sin embargo, estimulaba a la inmigración española, pues se pretendía blanquear la entrada de extranjeros por esta vía.
Pero pocos meses después, el 15 de diciembre del propio año, se decretaba que se mantenía en vigor la ley de 3 de agosto de 1917 que permitía la introducción de antillanos contratados hasta dos años después de terminada la guerra, y el 18 de mayo de 1922 se sancionó una ley mediante la cual se derogaba el instrumento legal del 3 de agosto de 1917, y se prohibía la inmigración de braceros a Cuba.
Así se mostraban las contradicciones que originaban los distintos intereses de los acaudalados nacionales y extranjeros norteamericanos de la industria azucarera.
En tanto se evidenció una enorme reducción en los inmigrantes que arribaron al país en 1922, esto cambió en 1923 y siguientes años.
En los años 1923-1924 fueron 87,509 los españoles entrados en Cuba; de Haití llegaron 32,101 y de Jamaica arribaron 10,930.
El brusco descenso del nivel de vida en el periodo 1917 a 1924 generó un fuerte movimiento huelguístico en el país.
Las contradicciones en la política migratoria continuaron. El 27 de junio de 1925 el gobierno de Alfredo Zayas  aprobó el Decreto número 1601, sobre la expulsión del país de extranjeros.
Las compañías azucareras no cumplían totalmente la suspensión de contratar a inmigrantes antillanos y se incrementó la existencia de inmigrantes ilegales en el país.

Y es esta situación a la que se refería el Tercer Congreso Nacional Obrero de agosto de 1925.

A partir de 1925 los braceros antillanos se hicieron representar en los congresos obreros de ese año por el dirigente sindical jamaicano Enrique Shakleton.
El Congreso en Camaguey acordó una moción de solidaridad, al igual que se pronunció por atraer hacia las organizaciones sindicales de la industria azucarera a los inmigrantes haitianos y jamaicanos.
Se aprobó un dictamen contra el decreto presidencial de 1925 motivado por las huelgas azucareras de 1924  en Oriente, Camaguey y Las Villas, en las cuales los braceros antillanos tuvieron una participación destacada. El decreto era relativo a la expulsión de “extranjeros perniciosos” y se denunció el intento de atemorizar a la inmigración de braceros con la deportación, dada la actitud combativa que se manifestaba en estos.
Rubén Martínez Villena denunció en esta época los pronunciamientos burgueses y pequeñoburgueses que pretendían aparecerse como defensores del proletariado cubano frente a la inmigración haitiana y jamaicana, y señaló la participación activa de los inmigrantes  en las luchas obreras en los centrales durante 1924.
Creció la desocupación y también la competencia por el trabajo entre cubanos e inmigrantes.

Se desarrollaron en el país diversas versiones sobre los inmigrantes antillanos y sus consecuencias sociales por lo cual la inmigración de braceros continuó disminuyendo después de 1925 al acercarse la crisis económica mundial.
El miedo en Cuba a un levantamiento negro era achacable más fácilmente a la población haitiana por la guerra de guerrilla contemporánea emprendida por las fuerzas de los cacos contra la ocupación americana en Haití (1915-1934).
A partir de 1928 el azúcar entró en una crisis de sobreproducción mundial y Cuba inicia las restricciones de sus zafras azucareras.
Bajo acuerdo con sus respectivos gobiernos, la administración cubana realizó la repatriación de 15 600 antillanos en 1928, la mayoría haitianos, 2 100 salieron por su propia voluntad.
La crisis económica capitalista mundial de 1929 agudizó esta situación.
Fueron implantados férreos controles sobre la población extranjera que arribaba y la residente en el país. A los antillanos, en especial, se les propinó un abusivo trato por parte de las autoridades.
En 1930 fue presentado un proyecto de Ley de Inmigración y Colonización mediante el cual se prohibía la entrada al país de antillanos y chinos, entre otros.
El movimiento obrero continuaba desarrollando sus acciones políticas para enfrentar la situación del país.
La CNOC convocó a la huelga general del 20 de marzo de 1930, dirigida por el líder comunista Rubén Martínez Villena desde su cargo como asesor legal,  en la lucha contra la tiranía del general Gerardo Machado Morales. Los antillanos, en especial los haitianos, participaron en 1931 y siguientes años en la efervescencia de estas luchas contra Machado.
A partir de esas grandes huelgas, el proletariado pasa a la ofensiva en toda la línea.
En las marchas y demostraciones de los obreros agrícolas en los bateyes de los centrales se encontró la presencia de los haitianos y jamaicanos, así como en las huelgas donde mostraron su combatividad y capacidad de lucha.
La represión es salvaje contra los obreros, principalmente con las matanzas en Jaronú y Senado y otros lugares.
En 1932 se paralizó prácticamente la entrada de inmigrantes con el arribo de 976 españoles, 16 haitianos y 60 jamaiquinos. Los haitianos fueron cazados como animales para su repatriación.
Se realiza una huelga general revolucionaria, el 12 de agosto de 1933, que depondría al tirano en ese propio mes.

Los trabajadores antillanos respondieron masivamente al llamado a la huelga general de 1933. La actitud inclaudicable de estos trabajadores dio pie, en noviembre de 1933, a una matanza de ellos en el central Senado, donde el ejército asesinó a 21 haitianos e hirió a otros 40.
Vendrían tres semanas de gobierno de Carlos M. Céspedes y, más adelante, el de Ramón Grau San Martín.

La crisis general del capitalismo de 1929 y su repercusión en la economía cubana durante los años 1930-1933 tanto el ámbito azucarero como en el resto de las esferas, provocó un alto nivel de desempleo que afectó a más de la mitad de la fuerza laboral del país.
En un llamado a los obreros, el doctor Antonio Guiteras Colmes publicaba en el periódico El País, el 16 de septiembre de 1933, lo siguiente:
“Dentro del régimen capitalista ningún gobierno ha estado tan
dispuesto a defender los intereses del obrero y del campesino,
como el actual Gobierno Revolucionario (…) Es necesario que el
obrero se de cuenta de la verdadera realidad en que vivimos; le
sería imposible a la masas apoderarse de los poderes; y en
lugar de enfrentarse con este gobierno revolucionario, debían
colaborar junto a él, para obtener las reivindicaciones
inmediatas y necesarias a la clase obrera”

El 19 de octubre de 1933 el Gobierno decreta la repatriación obligatoria de todos los extranjeros desocupados y sin recursos, lo cual afectó, principalmente, a los inmigrantes españoles.
Poco después, el 8 de noviembre, promulgó otro decreto-ley de nacionalización del trabajo, fijando que debían ser cubanos nativos la mitad de todo el personal de las empresas industriales, comerciales y agrícolas que operaban en el país, exceptuando los técnicos y gerentes que no fueran factibles de reemplazo.
La llamada “ley del 50%” provocó reacciones favorables entre la población cubana, que veían un vía de escape a la situación de desempleo imperante.
Pero el partido comunista denunció lo que tal política traía consigo: la búsqueda por el gobierno y los empresarios capitalista de una salida a costa de los obreros.
Así lo declaró el Sindicato Nacional de Obreros de la Industria Azucarera (SNOIA) y las demás organizaciones de orientación comunista, en aras del internacionalismo proletario, las que se opusieron a la expulsión o repatriación de los obreros inmigrantes.
Se desató una feroz represión contra los inmigrantes. Los haitianos eran cazados como animales por la guardia rural. Entre noviembre de 1933 y junio de 1934 fueron expulsados cerca de 8 000 haitianos.
El propio Guiteras, desde su cargo como secretario de gobernación y guerra, autorizó el 6 de enero de 1934 la celebración del IV Congreso Nacional Obrero de la CNOC.
En sus documentos preparatorios de su IV Congreso, la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC) se defendía también a los trabajadores inmigrantes y se esclarecía por qué esa llamada ley del 50% era en detrimento no solo de los foráneos, sino de los propios trabajadores cubano, ocupados o desocupados.
La lucha obrera era contra los terratenientes, la burguesía  y el imperialismo y todos sus seguidores.
Del 12 al 16 de enero de 1934 la CNOC realizó esta reunión, denominada de Unidad Sindical. En él se denunció la táctica empleada por los enemigos de la clase obrera de incentivar el odio entre los trabajadores cubanos, blancos y negros, contra los extranjeros y, especialmente, los antillanos, enarbolando los mismos argumentos que cuando querían crear odios entre blancos y negros.
Sin embargo, el movimiento obrero organizado no distinguió la manera distinta de actuación dentro del gobierno del doctor Guiteras, de nacionalismo revolucionario y en evolución hacia posiciones ideológicas más radicales, de las que tenía Ramón Grau San Martín, de nacionalismo reformista este último, y se opuso a todo el equipo gobernante.
De tal manera, los esfuerzos revolucionarios de Guiteras dentro del gobierno no contaron con la comprensión, anuencia y aceptación plena entre el movimiento obrero organizado, no produciéndose la necesaria unidad de las fuerzas progresistas del momento para oponerse a los integrantes de la reacción.
La conspiración y golpe militar contrarrevolucionario proimperialista civil y militar del 15 de enero del 1934 instauró el gobierno Batista-Mendieta y marcó un nuevo derrotero de lucha popular que desembocó en la huelga general revolucionaria de marzo de 1935, salvajemente reprimida y dispersados los dirigentes sindicales de la CNOC.


DISCRIMINADOS Y REPATRIADOS


La situación de esta etnia la ubicaba durante años en el escalón social más bajo, sujeta a los disímiles prejuicios por su condición económica, por el color de su piel, por el no dominio completo del español y por otros factores vinculados a las zonas donde se radicaron (oriente y sur del país, fundamentalmente, en áreas cañeras, cafetaleras y otras).

Permanecían los vestigios de discriminación contra la población desposeída, residuos de los desiguales procesos económicos de la época colonial, provenientes fundamentalmente de la explotación del trabajo esclavo, que hacían que la población de piel oscura, los pardos y mestizos, fueran constantemente discriminados socialmente.

Para ellos estaban destinadas las faenas más peligrosas, agudas, rudas y consideradas denigrantes para todo ciudadano pudiente. Así, mantenían los trabajos artesanales tradicionales en tiempos de la colonia.

A los negros que habían llegado a tener un pedazo de terreno se les quitó paulatinamente.

Esa era la política implantada por la burguesía del patio y por el capital financiero norteamericano, quienes incluso incentivaban la separación de la población según su origen étnico o característica de nacionalidad.

Este panorama no cambió en nada a favor de la población negra cubana con el término de la guerra y la supuesta instauración de la independencia en 1902. Desde la primera magistratura de cubanos al frente de la República no sólo se mantuvo el racismo y la discriminación por el color oscuro de la piel, sino que fue elevado con los nuevos designios trasladados a Cuba por los elementos racistas del sur norteamericano, dominantes en la isla.

El ciudadano cubano de por sí era considerado de menor categoría en su propio país dominado por los intereses extranjeros imperantes en toda la nación, pero el cubano negro era, a su vez, de menor consideración que el cubano blanco.

Le estuvo vedado al negro ingresar en el ejército y en la policía desde su formación en la república y a acceder a los puestos o servicios públicos  en oficinas y otros lugares, al ejercicio de la diplomacia, restringido ingresar en las carreras jurídicas y universitarias, no se le permitía el ingreso en las escuelas  privadas en general,  y en las de carácter religiosas, llegándose al extremo en los oficios en las iglesias de fijar separadamente  un día para el ayuno para los blancos y otro día para los negros.

En el movimiento sindical las asociaciones dominadas por los anarquistas de origen español los trabajadores negros no sólo no eran admitidos como miembros, sino que se estimuló una actitud de rechazo contra los inmigrantes, sobre todo, contra los antillanos, en su inmensa mayoría negros.

Los negocios y otros locales con dominio del capital norteamericano como tiendas de ropa, los ferrocarriles, joyerías o el simple servicio en establecimientos gastronómicos tenían restringido el empleo a personal de piel oscura.

Sufría la vejación de no poder pasear como los blancos por los mismos lugares en los parques y las playas, o asistir a determinados teatros y funciones, hoteles o asociaciones  de recreación.

Todo este panorama discriminatorio contra la población negra cubana lo sufrió el haitiano llegado a la isla para desempeñarse como bracero en la zafra azucarera.  El estuvo bajo el influjo de actitudes de exclusión y represión social de todo tipo no sólo por el color de su piel oscura, sino también por no hablar bien el idioma español, venir a pujar por las pocas oportunidades de trabajo y por ser extranjero.

Los inmigrantes antillanos fueron rechazados por la oficialidad de turno en la medida en que se acercó la etapa de crisis económica mundial.

En 1921 el presidente Alfredo Zayas firmó el Decreto 1404 mediante el cual se exigía el reembarque de los braceros antillanos.

Al Congreso cubano fueron presentados diversos proyectos de leyes contra la inmigración, con el fin de limitarla o suspenderla.

Los potentados azucareros no tan solo se opusieron a esta salida de la mano de obra barata, sino que estimularon la existencia de los inmigrantes ilegales en el país.

En tanto se evidenció una enorme reducción en los inmigrantes que arribaron al país en 1922, esto cambió en 1923 y siguientes años hasta el 1928.

Bajo acuerdo con sus respectivos gobiernos, la administración cubana realizó la repatriación de 15 600 antillanos en 1928, la mayoría haitianos, 2 100 salieron por su propia voluntad.

La crisis económica capitalista mundial de 1929 agudizó la situación.

Fueron implantados férreos controles sobre la población extranjera que arribaba y la residente en el país, y a los antillanos en especial se les propinó un abusivo trato por parte de las autoridades.

En 1930 fue presentado un proyecto de Ley de Inmigración y Colonización mediante el cual se prohibía la entrada al país de antillanos y chinos, entre otros.

La entrada de inmigrantes prácticamente se paralizó en 1932.

Posteriormente se originarían entradas esporádicas de elementos haitianos en la isla, en su mayoría en forma clandestinas y otras legales como  viajantes como turistas y otros.

La situación política en Haití con la llegada al poder de Francoise Duvalier y posteriormente de su hijo Baby Doc insuflaría nueva dinámica a la llegada de haitianos a Cuba. Escapados del régimen de terror instaurado allá, o por sus labores como opositores al dictador, arribaron a Cuba durante años.

Tras la caída de la dictadura de los Duvalier se han producido éxodos hacia otros países, a veces de familias enteras, ante la precaria situación económica y social que vive Haití, ente ellos, los que han llegado a Cuba.

El mal tiempo y las no adecuadas condiciones de las embarcaciones han provocado recalas en las costas cubanas en solicitud de auxilio en provisiones y medicamentos.

La Cruz Roja Cubana estableció en Maisí, en el oriente cubano, un campamento para la atención de estos casos. Por este concepto, por ejemplo, en el año 2001 recalaron en costas cubanas y arribaron al país 877 haitianos, de ellos 69 niños, 160 mujeres y 648 Hombres y se repatriaron 110, que de forma voluntaria solicitaron regresar a su país.


IDIOSINCRASIA DEL HAITIANO EN CUBA



En su adaptación al medio natural y social nuevo para él, llegado de su país con otra dinámica de vida, el haitiano generó hábitos y costumbres que sedimentaron su modo de vida en Cuba. 


1.- Costumbres


La ceniza creada al cocinar con leña o carbón era utilizada como producto de limpieza  del piso y hasta como ingrediente para el lavado de la ropa. También la grasa o aceite de higuereta se empleaba como producto medicinal o para el cabello.

De la tuna lograban extraer el líquido que mezclaban con cal y agua para hacer pintura.

 De la Palma Real (Rosytonea regia, Cook) sacaban tablas y yaguas para hacer las paredes. De la Palma cana (sabal umbraculifera, Mart) cogían sus pencas para cubrir el techo. También empleaban la jocuma y la cuya (Dipholis salicifolia, Lin)


miércoles, 24 de agosto de 2016

LA DIMENSION CULTURAL DEL HAITIANO EN CUBA

I.- INTRODUCCION

Los elementos y valores de toda naturaleza provenientes de los haitianos se han ido sedimentando en la realidad cubana durante años, convirtiéndose en parte inseparable del desarrollo integral de toda la sociedad.

El haitiano, centro de ese intercambio en tanto objeto y sujeto del proceso mutuo de influencia cultural, ha tenido en diversas etapas comportamientos de defensa de sus hábitos, costumbres, creencias, etc., el ser sojuzgado  y discriminado sistemáticamente, ante la agresión a que estuvo sometido durante años por los otros integrantes de la sociedad hasta el 1959.

Aún cuando los haitianos autóctonos mantuvieron una tendencia hacia una forma de vivir abroquelada, defensiva, de autoformación, encerrada en sí misma respecto al resto de la sociedad, no fueron ellos, ni sobre todos sus descendientes, totalmente ajenos a la asimilación creativa de la realidad circundante, de los avances de la economía, la ciencia, la tecnología, la cultura, en fin, del desarrollo de la sociedad cubana.

Así ha transcurrido la preservación y afirmación de su identidad cultural, de sus hábitos sociales y actitudes individuales, que conforman hoy día el estilo de vida y de trabajo, las manifestaciones de su participación activa en la vida cultural del país.

La cultura es considerada como medio de acceso a una existencia intelectual, afectiva, moral y espiritual mas elevada.

El haitiano en Cuba ha accionado por rescatar y mantener vivas sus costumbres y tradiciones, el folclor y su identidad étnica en las actuales y futuras generaciones de sus descendientes.

La divulgación sobre la historia de Haití, sus creencias, sus ritos, sus canciones, sus danzas y otras riquezas de su cultura han estado al lado de la transmisión de su educación familiar y del respeto a los mayores como una cotidiana necesidad en el seno de la comunidad de haitianos y sus descendientes en la isla.

Contribuir a la preservación, diseminación y continuidad de los valores culturales de esta población caribeña y sus descendientes en el contexto cubano se convierte entonces en él en una práctica a mantener de una manera consecuente.

Sobre todo ello se despliega en estos momentos diversas investigaciones e intercambios de experiencias para alcanzar una integral caracterización de las expresiones de lo haitiano en la dimensión cultural del pueblo cubano.


¿Qué ha caracterizado a la dimensión cultural del elemento haitiano dentro de la nacionalidad cubana?

CULTURA CUBANA



Los aborígenes, presentes en la isla hacía más de cinco milenios, habían desarrollado culturas de recolector-cazador y en primitivas comunidades agrícolas, todo lo cual fue arrasado durante la conquista y colonización española. Solo la hamaca y el tabaco sobrevivieron a tal desastre y pasaron después a formar parte de la cultura cubana.

En el proceso histórico cubano a la isla  llegaron elementos representativos de culturas diversas por el  permanente transito, intercambio y fusión de pueblos que se produjo. Inicialmente por gallegos, canarios, andaluces, vascos y otros de la península Ibérica, quienes arribaron a ella con sus modos y lenguaje culturales iniciales reproductores de la metrópoli.

Luego, con una inmigración obligada por la trata de esclavos, llegarían los negros africanos de Dahomey, el Congo, Guinea, Angola y otras regiones traídos a ella durante cuatro siglos. Con su cultura africana, entrarían en un  proceso de resistencia, de integración y de mestizaje en el nuevo escenario donde les tocaba vivir.

La formación del elemento criollo, cada vez más diferenciado del origen europeo, junto a negros y mulatos esclavizados o libres, iban caracterizando la población en la isla.

Todo ello ayudaría a formar la cultura cubana, integrada, mestiza.

Las luchas por la independencia, desencadena en los periodos de 1868-1878 y 1879-1880,  acrisolan la nacionalidad cubana  y culmina el proceso de formación de los elementos culturales propios.

Carlos Manuel de Céspedes, al frente de las tropas mambisas que liberaron la ciudad de Bayamo, proclamó la independencia y la abolición de la esclavitud, iniciando un lago período de lucha nacional.

El 20 de octubre de 1868 se entonó por primera vez el Himno Nacional, La Bayamesa, llamado así como repetición del significado que tuvo la Marsellesa para los revolucionarios franceses, y como expresión de su carácter revolucionario y del lugar en que nacía la rebeldía nacional.

Un músico cubano, el maestro Manuel Muñoz Cedeño, tuvo a su cargo la orquestación de aquella marcha, y Perucho Figueredo escribió la letra que, a coro con la música, se cantó por primera vez por todos los que allí participaban.

A partir de ese instante, el Himno de Bayamo, junto con la bandera de la estrella solitaria y el escudo de la palma real, devendrían los tres símbolos nacionales y presidirían las luchas, a la vez que constituían la conciencia cubana, expresión y símbolo más alto y genuino de la cultura nacional.

El escenario cubano se vio invadido por nuevas corrientes filosóficas y expresiones, con una expansión cultural nacional, con sus valores cada vez más propios en la lucha contra uno y otro mal político y social.

La burguesía terrateniente criolla expresó los rasgos de una cultura nacional en el pensamiento y la literatura.

Aparecen condiciones para su desarrollo como la imprenta, en 1720,  una universidad medieval, escolástica, en 1728, el primer papel periódico, aparecido en 1790, y  la primera biblioteca publica en 1797.

En la última década del siglo XVIII y primera del siglo XIX la cultura logra un superior desarrollo, unido al crecimiento económico provocado por la caña de azúcar y contradicciones colonia y la metrópoli.

La cultura, integrante de la nacionalidad cubana, se alimenta de ella y la enriquece.

Logros del pensamiento y de la creación cubanos son el compositor Esteban (Brindis) de Salas y  los músicos José White e Ignacio Cervantes, las manifestaciones en la música, en la danza y en el teatro, con contenidos de canciones populares, obras teatrales, poemas, literaturas y otras manifestaciones del arte y la cultura con incipientes rasgos nacionales, los avances científicos y pedagógicos  con Félix Varela, y los poemas  a la nacionalidad cubana de José María Heredia.

También del escritor Cirilo Villaverde, el poeta y dramaturgo José Jacinto Milanés quienes muestran las nuevas corrientes independentistas y reafirman lo de cubano.

José Martí y Pérez resume en é lo más elevado, continuador y representativo de lo mejor de esta expresión patriótica cubana.

Con la intervención norteamericana desde 1898, Cuba verá frustrados largos años de lucha independentista y se convertirá desde el 1902 en una neocolonia yanqui.

Lo más genuino de la sociedad enfrentó esta situación y libró el combate desde variado terrenos, teniendo en lo cultural su permanente campo de batalla.

Desde universitarios, intelectuales, obreros hasta los campesinos desarrollaron la lucha por la dignidad nacional y antiimperialista desde sus distintas posiciones.

Pensadores como Juan Marinello y Raúl Roa y se encargarían de exponer los argumentos de esa batalla,  así como pintores como Rafael Blanco, 
Eduardo Abela, Víctor Manuel García, Carlos Enríquez lo expresarían con su
arte; músicos como Amadeo Roldán y Alejandro García Catarla desarrollar; en la poesía Manuel Navarro Luna y Regino Pedroso, narradores como Luis Felipe Rodríguez y Onelio Jorge Cardoso; dramaturgos como José Antonio Ramos.

Nicolás Guillén y Alejo Carpentier concentrarían la creatividad expresiva de la cultura cubana. Ambos tuvieron contactos muy cercanos con la realidad haitiana.

 “La historia de Haití es, sin duda, de una grandeza impresionante: como que está hecha con la sangre de un pueblo acostumbrado desde su nacimiento a luchar y morir por sus derechos”, escribió Guillén.

“Pocos han luchado, además, en la América, con tanto coraje como el haitiano, y con menos ayuda espiritual y material”, expresaría en el  Magazine de Hoy del ocho de febrero de 1942.

Y, el 10 de julio de 1959, en el periódico Hoy señalaría: “¿Qué ocurriría en Haití en estos momentos? El recuerdo de la isla cercana, que yo visité hace ya más de tres lustros, me punza y lastima. Trujillo, Duvalier, Santo Domingo... A boca de jarro, como un pistoletazo”.

El haitiano Jacques Roumain, uno de los más notables intelectuales del Caribe y de América, sostuvo una estrecha amistad Nicolás Guillén. Visitó La Habana durante los años 1941 y 1942 y en ese período consolidó los lazos de amistad con el poeta nacional.

“Sobre Jacques Roumain”, en un artículo en  el periódico Hoy  el 25 de mayo de 1961 Guillén notifica que en Cuba se publicaba la novela de Roumain, titulada: “Los gobernadores del rocío”.

El relata cómo conoció en 1937 a Jacques Roumain, en París, en ocasión de asistir ambos al Congreso por la Defensa de la Cultura, que tuvo lugar  en España que estaba en guerra civil y a favor de la República y contra el fascismo.

Hace una caracterización ideológica de Roumain y de cómo el intercambio entre ambos le permite conocer la situación política de Haití.

“Roumain fundó el Instituto de Etnología de Haití y como etnólogo aportó enormes proyectos a la consolidación de las antillas en el contexto de la cultura afro-antillana”.

“Yo le vi a Roumain la última vez unos días antes de morir, -refiere- a su paso por la Habana. (...) Almorzó en mi casa ‘algo que tuviera ñame’, como me pidió. Al partir puso en mis manos una copia mecanografiada de la novela y una libreta en que había muchas hojas manuscritas. ‘Son tus poemas’ me dijo”.

Entre sus “Elegías” escritas entre 1948-1958 está la que tituló “Elegía a Jacques Roumain”.

Alejo Carpentier y Valmont (La Habana, 26 de diciembre de 1904 - París, 24 de abril de 1980), hijo de una profesora de idiomas rusa y un arquitecto francés, trascendió en la literatura latinoamericana por su labor como ensayista, novelista, musicólogo y periodista.

A partir de su visita a Haití en 1943, donde recorre sitios históricos y monumentales del país como la fortaleza de La Ferrier y el Palacio de Sans-Souci, escribe su novela El reino de este mundo.

La obra en cuestión se inspiró en el rey Henri Chritophe y en su prólogo Carpentier expone su concepción sobre lo “real maravilloso”.
La obra del antropólogo y etnógrafo Fernando Ortiz es uno de los mayores esfuerzos intelectuales por comprender abarcadoramente la sociedad y la cultura cubanas.

El triunfo revolucionario de 1959 daría un vuelco sustancial a todo este panorama. Se le brindó atención intensa al progreso cultural de la nación, desde las bases de su educación, la asimilación de las mejores tradiciones de la cultura nacional y universal, creación de nuevos valores y seguimiento a lo mejor del talento artístico local, provincial y nacional.

Son atendidas las necesidades culturales de la población, la formación de personal apto para ello, la enseñanza artística, la conservación del patrimonio cultural, y es estimulada la creación artística, la  promoción de talentos jóvenes en el arte y en la cultura y la investigación científica.

Las instituciones públicas y otras, las infraestructuras institucionales destinadas a satisfacer las necesidades culturales, desarrollan un intenso trabajo en aras de las artes plásticas, la danza, la literatura, la música, el teatro, el cine, la danza,  la gestión editorial, las  bibliotecas, la literatura y la lingüística,  los museos y los monumentos, con una atención especial a los creadores, los promotores, los especialistas, los docentes, los investigadores, los empresarios, los productores y directivos de instituciones sociales y culturales, así como al público en general,

Una función especial se desarrolla mediante las Casas de cultura y el movimiento de aficionados, con lo cual se realiza el trabajo cultural en las comunidades.


CULTURA HAITIANA EN CUBA



La dimensión cultural del elemento haitiano dentro del desarrollo de la nacionalidad cubana está aún por caracterizar en su justo alcance y en todos sus aspectos.

Entendida como modo de ser y de hacer y no solo la acumulación y manifestación de conocimientos estéticos y artísticos, la cultura haitiana ha tenido un rol en el proceso de transculturación que de diversa naturaleza se ha originado en Cuba.

Es parte integrante de ese gran “ajiaco” cultural y formador del pueblo cubano.

De la etapa precolombina los propios colonizadores españoles se encargaron de arrasar a la población residente y que provenía de la región conocida hasta entonces como Haití, por lo que no pudiera afirmarse de una prevalencia cultural de aquellos aborígenes.

El aporte del haitiano a la integral formación cultural cubana se manifiesta con mayor fuerza desde la llegada e inserción en la vida de la colonia española del siglo XVIII de los fugitivos franco-haitianos con sus dotaciones de esclavos, en la etapa de la Revolución de Haití, y pasa por los restantes componentes de la inmigración desde aquella región durante los siglos siguientes.

A través de los años se han ido sedimentando en la realidad cubana los elementos y valores de toda naturaleza provenientes de los haitianos, convirtiéndose en parte inseparable del desarrollo integral de toda la sociedad.

El haitiano, centro de ese intercambio en tanto objeto y sujeto del proceso mutuo de influencia cultural, ha tenido en diversas etapas comportamientos de defensa de sus hábitos, costumbres, creencias, etc., ante la agresión, sojuzgamiento y discriminación sistemática a que estuvo sometido durante años por los otros integrantes de la sociedad hasta el triunfo de la Revolución cubana

Aún cuando los haitianos autóctonos mantuvieron una tendencia hacia una forma de vivir abroquelada, defensiva, autoformadora, encerrada en sí misma respecto al resto de la sociedad, no fueron ellos, ni sobre todos sus descendientes, totalmente ajenos a la asimilación creativa de la realidad circundante, de los avances de economía, la ciencia, la tecnología, la cultura, en fin, del desarrollo de la sociedad cubana.

Así ha transcurrido la preservación y afirmación de su identidad cultural, de sus hábitos sociales y actitudes individuales, que conforman hoy día el estilo de vida y de trabajo, las manifestaciones de su participación activa en la vida cultural del país.

La preservación de la diversidad cultural se logra, como es política en Cuba, mediante el respeto a las identidades culturales. En su respuesta a la Oficina del Alto Comisionado de la ONU sobre la Resolución 2004/20, el país enfatizó sus principios en aras de la promoción de las identidades culturales de todos y del respeto por las diversas identidades culturales.

La cultura es considerada aquí como medio de acceso a una existencia intelectual, afectiva, moral y espiritual mas elevada.

El haitiano en Cuba ha accionado por rescatar y mantener vivas sus costumbres y tradiciones, el folclor y su identidad étnica en las actuales y futuras generaciones de sus descendientes.

La divulgación sobre la historia de Haití, sus creencias, sus ritos, sus canciones, sus danzas y otras riquezas de su cultura han estado al lado de la transmisión de su educación familiar y del respeto a los mayores como una cotidiana necesidad en el seno de la comunidad de haitianos y sus descendientes en la isla.

Contribuir a la preservación, diseminación y continuidad de los valores culturales de esta población caribeña y sus descendientes en el contexto cubano se convierte entonces en una práctica a mantener de una manera consecuente.


GRUPOS FOLCLÓRICOS PORTADORES TRADICIONALES

Fuente: Dirección Nacional de Casas de Cultura, Cuba
Nombre del grupo                                                    Provincia
Barrancas                                                                  Santiago de Cuba
Pilón del Cauto                                                           Santiago de Cuba
La Palmita                                                                  Santiago de Cuba
Locosia                                                                      Guantánamo
Gagá                                                                          Holguín
Nuevo Haití                                                                Holguín           
La flor de Rosa                                                           Holguín
Maye de Ife                                                                Las Tunas
Petit Danze                                                                 Las Tunas
Caidije                                                                        Camaguey
Bonito Patua                                                               Camaguey
Ocay                                                                          Ciego de Avila
La gran familia                                                              Ciego de Avila
Nago                                                                          Ciego de Avila

Tumbas francesas
Santa Catalina de Ricci o Pompadour                             Guantánamo
La Caridad de Oriente                                                   Santiago de Cuba
Bejuco                                                                        Sagua de Tánamo,
                                                                                     Holguín.

Conjunto coral en creole
Desandann                                                                  Camaguey

Recrean el acervo cultural haitiano (entre otros)
Conjunto Folclórico Nacional                                          Ciudad de la Habana
Conjunto Folclórico Cutumba                                         Santiago de Cuba
Conjunto Folclórico de Oriente                                       Santiago de Cuba
Grupo Renacer haitiano                                                 Ciego de Avila
Raíces                                                                           Ciego de Avila
Mystere du Vadoun d´Haití                                           Santiago de Cuba